Nadie me cree cuando digo mi edad, je je.
Me considero una chica linda, simpática y de apariencia aniñada, un poco tímida cuando estoy entre gente que desconozco.
Mido 1,66, cabello castaño claro, lacio y por debajo de los hombros, ojos color indefinidos, algunos dicen que son verdes, otros color miel, ni yo sé que color son, igual que los de papá.
Mis medidas son 93-59-92 (lo que se denomina un cuerpo normal).
De boca ancha (por no decir jetona) je je y exuberante, siendo la envidia de varias de mis amigas por mis labios pulposos, y el motivo de varios piropos por parte de los chicos. Mi nariz es igual que la de mamá, ñata y respingada, y en lo culona también salí a ella, je je
Mi papá es un prestigioso abogado y desde que nos mudamos a la casa del centro él se instaló con el estudio, ahí mismo.
Desde pequeña he andado tras sus pasos, desde que iba a jardín de infantes cuando me preguntaban que quería ser de grande decía que sería abogada como mi papá.
Actualmente estoy cursando 2do año de abogacía, y espero ser tan buena como él.
Luego de una fuerte pelea con mi hermano mayor Rodrigo (21) decidí mudarme.
Lo hice a un edificio lindante del cual papá heredó de un tío solterón, al que ni siquiera llegué a conocer.
Aproveché que el departamento se encontraba desocupado desde hacía 2 semanas, y con la excusa de la pelea con mi hermano que me vino como anillo al dedo, “hacía tiempo que tenía ganas de irme a vivir sola”, pero en mi casa ponían el grito en el cielo cada vez que sacaba el tema, dicen que soy muy chica para eso.
Aprovechando que soy la mimada de papá, me dirigí hacia él, me refugie bajo su ala protectora implorando que convenza a mamá a dejarme volar.
Parece ser que en la intimidad de la noche papá logró persuadirla, porque a la mañana siguiente en medio del desayuno, antes de salir para la universidad me dieron la buena nueva, (al fin cedieron).
Agradecí con besos y abrazos luego de escuchar infinidad de consejos por parte de mamá.
Al regresar de la facu fui directo al estudio en busca de la llave de mi nuevo hogar, de pasada compré todo lo necesario para asearlo. Luego de una ardua tarea que duró casi tres horas de puro fregar, me tiré en el sillón a observar “mi gran obra de arte”.
Era la primera vez que me tocaba limpiar, y lo hice con mucho entusiasmo.
Desde que tengo uso de razón Beatriz (empleada domestica) es la que hace las tareas de la casa, mi única obligación siempre ha sido hacer la cama, y acordarme de no dejar tirada la ropa en cualquier lugar.
Del resto siempre se encargó Bea; (como yo le digo cariñosamente), para mí ella es como mi segunda mamá, dicen que aprendí a dar los primeros pasos de su mano.
Por su profesión mi madre ha estado bastante ausente de la casa. Ella es una excelente pediatra, en las mañanas atiende en el hospital municipal y por las tardes lo hace en su consultorio particular. Qué paradoja ¿no? Vivir rodeada de niños, pero tan lejos de los propios.
Mejor dejo de contar cosas del pasado que no los quiero aburrir y retomo al tema inicial.
Esa noche me quedé por última vez en la casa de mis padres, mis hermanos me miraban desconcertados por la decisión que había tomado, pero no me dijeron nada.
Al que voy a extrañar mucho es a Tiago (16), él es muy cariñoso conmigo, nos llevamos muy bien, y estoy segura que él me extrañara también.
Me agasajaron con mi comida preferida,(sorrentinos a la pomarola) habían invitado a mis cuatro abuelos, me taladraron la cabeza toda la noche diciéndome – ¿dónde vas a estar mejor que con tu familia? – “que era una locura” y no sé cuantas cosas más…
¿Para que los invitaron?
Nunca lo sabré.
Pero allí estaban.
Hice oído sordo a aquellos comentarios negativos, y disfruté de la última cena.
Si hay algo que voy a extrañar muchísimo es la comida que Bea con tanta dedicación nos prepara día a día (yo de cocina no sé nada de nada ).
Comí como una cerda, y encima a eso le sumé el postre (tiramisú) que tan bien le sale a la abuelita Alicia. ¡¡Estaba espectacular!!
Terminada la cena nos quedamos de sobremesa, en casa es prácticamente como un ritual, ésta costumbre data de viejas usanzas en mi familia, si te levantas de la mesa seguido de comer te miran como sapo de otro pozo, lo toman como una falta de respeto hacia los demás comensales.
A la hora de irmepara el depto fue el mismísimo Rodrigo, (mi hermano mayor, con el que me había peleado) quién se ofreció amistosamente a llevarme a mi nuevo destino, con lo cual me pareció “buena idea”, no quería seguir peleada con Ro, y menos ahora que no íbamos a vivir bajo el mismo techo.
En el trayecto que son solo unas pocas cuadras me pidió disculpas por lo ocurrido y me dijo que si me iba por culpa de él no se lo iba a perdonar nunca, y que estaba dispuesto a no contradecirme más.
Antes de dejarlo terminar de hablar le dije que me iba por mí, no por él, que hacía tiempo tenía ganas de hacerlo, y que me pareció el momento oportuno aprovechando que el departamento se encontraba deshabitado.
Llegamos a la puerta del mismo y nos abrazamos demostrándonos cuanto nos queremos, una mezcla de risas sollozas nos unió, el abrazo se potencio y por primera vez sentí que podía contar con él a pesar de todo.
Esa noche fue un poco extraña, me sentía rara, y no paraba de pensar en la libertad que había conseguido. Me costó dormirme.
A la mañana siguiente dormí hasta que me dio la gana, era sábado y no tenía obligaciones de horarios.
Me desperté a pocos minutos de la una de la tarde, no había comprado nada para desayunar, y mucho menos para almorzar, la panza me chillaba así que bajé al súper y me abastecí lo suficiente como para que no me falte nada por lo menos en toda una semana.
Fui directo a la góndola de los congelados, ¡pensé! (esta es mi salvación), al llegar al depto me aparté una caja de hamburguesa y guardé el resto en el freezer.
Era Noviembre y hacía mucho calor, demasiado para la fecha. El aire acondicionado no funcionaba, algo de lo cual no contaba. Pegue una nota en la heladera para no olvidarme de llamar al service.
Me cocine las hamburguesas y las comí acompañada de una ensalada multicolor, de esas que vienen lista para consumir. Quedé pipona y muerta de calor.
Me di una ducha con agua más bien fría y lavé ahí mismo la ropa que había usado. Todavía no había desarmado la valija, así que me puse lo que encontré a mano.
Un top blanco al cuerpo, sin corpiño (queda muchísimo mejor sin él), una colaless blanca, un short desflecado de jeans y unas ojotas re copadas que mamá me compró cuando estuvieron en Brasil hace tan solo un par de meses atrás en sus vacaciones anuales, a la cual por culpa de la facu no pude ir.
Me dieron ganas de tomar un helado y bajé por él, (olvidé mencionar que vivo en el 4to piso departamento “C” ) en la misma cuadra pero por la vereda de enfrente está una de las mejores heladerías de la ciudad.
Al bajar del ascensor me crucé con una chica que esperaba para subir, vestía un pantalón blanco re ajustado, tanto que le separaba la conchita en 2, (no sé porqué pero se me fueron los ojos ahí) jeje, su delantera también me llamó la atención, sobre salían sus grandes tetas de una escotadísima remera rayada que dicho sea de paso, le sentaba muy bien, jeje su larga y ondulada cabellera pelirroja, también me impactó. Me la quedé mirando como una tonta…
Sentí admiración y envidia a la vez, entre mis amigas siempre hago mención que me encantaría tener ese color de pelo tan especial y poco común.
Ella me sonrió y me saludó como si nos conociéramos, pero juraría que nunca antes nos hemos cruzado.
Le correspondí el saludo y creo que hasta me puse colorada…
No hay comentarios:
Publicar un comentario